Cuando surgió la idea de escribir sobre videojuegos me sorprendió que confiaran en mí para hacerlo, puesto que mi experiencia es nula en este tipo de menesteres y sólo mi edad y afición a éstos estaban de mi parte; no obstante, cual héroe digital decidí hacer algo nuevo y ¨lanzarme a la piscina¨. Sin riesgo no hay gloria. Pero ya está bien de prólogos, vamos al lío.

Mi primer recuerdo del mundo de los videojuegos va ligado, como en muchos de nosotros, al pasado de mi padre, lo explico:

En plena infancia (¿unos 7 años?), un buen día, rebuscando por los armarios de casa en busca de algo con lo que entretenerme apareció ante mí una vieja caja de cartón que llamó mi atención de forma instantánea. Era algún tipo de aparato electrónico antiguo (¿de los 70´s?), al parecer capaz de proporcionar una diversión aún desconocida para mí. No era ni más ni menos que una de esas ¨pioneras¨ (rudimentaria) viodeoconsolas de la que colgaban dos mandos casi cilíndricos (llamadlos gamepads si os atrevéis) con una ¨rosca¨ tipo potenciómetro en el extremo superior. Nada más.

La ingenuidad típica de un niño nacido en los ochenta no me permitía adivinar de qué manera eso podía proporcionar diversión y mucho menos cómo podía utilizarlo (ya no estamos hablando de los ¨gamepads¨, relajáos).

Tras convencer a mi padre de que sería buena idea que pusiera ese aparato en funcionamiento sólo puedo recordar los días que mi hermana pequeña y yo pasamos jugando. Ni que decir tiene que únicamente disponía de un juego, ya incorporado (los juegos en cartucho predecesores de los actuales tardarían unos años en aparecer) que al parecer estaba inspirado en uno de los deportes rey, el tenis.

Fondo negro, una gruesa línea blanca dividía verticalmente la pantalla por la mitad, acotando las zonas de juego de los dos contrincantes, que como seguro ya suponíais… también eran líneas gruesas blancas ¡aunque no tan largas! Ya teníamos el campo de batalla y los “tenistas”; sólo faltaba la pelota (¿no hará falta entrar en detalles, no?) y que mi hermana y yo lo diéramos todo en los partidos. La libertad de movimientos de que gozaban nuestros tenistas era durante todo el partido la misma línea vertical en la que se encontraban al inicio; si girabas la rosca hacia un lado, el tenista subía y hacia el otro lado bajaba. No existía el movimiento lateral ni ningún otro. Era como Arkanoid Vs Arkanoid (ya hablaremos de él en otro momento).

Previsiblemente mi hermana y yo nos acabamos cansando de tantas emociones fuertes pasados algunos días y volvimos a nuestra cotidianidad, que era principalmente formar escuadrillas de G.I.Joes y lanzar ataques tácticos sobre los apreciados juguetes de mi hermana –Barbies, Barriguitas, Nancys, mis pequeños ponys y demás calaña que abusaba del color rosa de forma flagrante– con su posterior enfado y movidas muy tochas que no vienen a cuento ahora. En fin, que de todo aquello algo debió quedar arraigado en mí. Algo que volvería un tiempo (y adelantos tecnológicos) más tarde, pero eso es ya harina de otro costal.

 

Senyor Gripau

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