Antes de que se lanzara oficialmente el Red Dead Redemption 2 el 26 de octubre, mis expectativas (lo que ahora denominamos el hype) eran extremadamente altas. ¿Por qué? Por varias razones; una, porque considero obras maestras todo aquello que ha creado Rockstar Games; otra, por mi devoción por los westerns.

Y, aún así, RDR2 ha superado estas expectativas. No, no es un juego perfecto. Sí, algunas situaciones (no quiero hacer spoiler) se podrían haber resuelto, bajo mi humilde punto de vista, de una forma diferente.

Pero, sin ningún tipo de duda, es el mejor juego que he jugado en mi vida.

En esta precuela del Red Dead Redemption de 2010, lo primero que llama la atención es la belleza de todo aquello que envuelve el juego. En este sentido, el nivel de detalles es abrumador; paisajes abrumadores, tratamiento de la luz, movimientos de personas, animales y naturaleza, recreación de los pueblos… Todo en RDR2 está cuidado al detalle, por lo que la inmersión en el juego es instantánea.

En cuanto a la historia, está ambientada en 1899, una época en la que, como el juego procura de explicar, los forajidos son desplazados por la llegada de la civilización y la ley a todos los rincones de Estados Unidos. Nuestro protagonista, Arthur Morgan, pertenece a una banda de bandidos y malhechores, liderada por Dutch Van Der Linde, que tendrá que eludir constantemente un destino que se prevé trágico.

Más allá de una excelente jugabilidad y de una cantidad ingente de misiones secundarias y desafíos, todos de una gran calidad, me gustaría resaltar la evolución psicológica y moral de los miembros de la banda de Dutch. En el caso de Arthur Morgan, la transformación ética que observamos de primera mano es sencillamente fascinante.


Por supuesto, en RDR2 no faltan referencias a todos aquellos aspectos sociales y políticos que Estados Unidos experimentó en el cambio de siglo del XIX al XX: el papel de las mujeres, la situación de la población afroamericana, el surgimiento de Ku Klux Klan, las reclamaciones y disputas de los pueblos autóctonos indios y la expansión del capitalismo por todo el territorio estatal, entre otros.

Todo ello complementa y enriquece una experiencia que, como mínimo, no deja indiferente a nadie.

Recordar, por último, los guiños cinematográficos que encontramos en RDR2. Destacar por encima de todos ellos el homenaje que realiza el videojuego a Sam Peckinpah y sus slow motion.

Una delicia.

 

David García

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