House of Cards cerró el telón el pasado 2 de noviembre con la emisión de la sexta temporada.  La ausencia en esta última temporada de Kevin Spacey -que interpreta a Fran Underwood- por supuestos casos de abusos sexuales marcó lo que podemos definir como una despedida decepcionante, agridulce de una serie que fue capaz de asombrarnos desde su primera temporada allá en 2013.

Sí, Robin Wright, el otro eje bajo el que se sustenta la serie, sigue estando solvente en este final. Sin embargo, su personaje -la presidenta Claire Underwood (o Hale)- emerge como un oasis rodeada de personajes irrelevantes o, en su defecto, completamente extenuados.

Aquí encontramos un primer problema.

El otro gran problema ya se puso de manifiesto en la quinta temporada: la renuncia de Beau William, creador de la serie, como productor ejecutivo y guionista principal. Como consecuencia, en estas dos últimas temporadas, la serie -sin su mente creadora- evoluciona a una parodia de sí misma.

De un drama que nos apasionaba por sus tramas políticas y luchas de poder pasamos directamente a un culebrón donde el juego político se desvanece en la morbosidad insulsa, sin generar interés más allá de ver quién es el más perverso de todos. La cuestión política, pues, queda reducida al escenario: la Casa Blanca.

Para ser justos, recordaremos a House of Cards como una gran serie que innovó e impulsó una plataforma como Netflix. Y sí, también recordaremos las fantásticas actuaciones de la pareja Underwood.

Pero dudo que recordemos la última temporada.

 

 

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