Si fuésemos capaces de percibir los sonidos del Universo, quiero pensar que escucharíamos algo similar a Echoes de Pink Floyd.

“Una extraña resonancia, una especie de retroalimentación. ¡Ping! Un completo accidente. Dijimos: ‘Esto es fabuloso’ y lo usamos como comienzo de la pieza”.

Así describe David Gilmour el inicio de esta canción de 23:32 minutos que abarca toda la cara B del álbum Meddle, publicado en octubre de 1971.

Echoes es el resultado de varias improvisaciones que la banda británica grabó en los estudios de Abbey Road, en Londres, en enero de 1971. En estas grabaciones cobra especial importancia lo que el productor de la banda, Lenny Kaye, llamaría “el arte de la transición”; es decir, cómo transitar entre diferentes composiciones musicales diferentes entre sí y que, en el cómputo final, la pieza forme un continuo armónico y rítmico. Todo ello sosteniéndose en la recreación espacial y futurista a la que los sonidos inevitablemente nos conduce, y a la que hacíamos referencia al inicio del artículo.

El resultado es una de las obras más ambiciosas de Pink Floyd, un “épico poema sonoro”, como lo bautizó Roger Waters. Una canción que en sus más de veinte minutos intenta transportarte a dimensiones a las que solo podemos llegar a través de algo tan genuino como la música.

Aquí, su versión en directo en Pompeya:

Anuncios
Share this...
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn