El flamenco es una expresión artística, una cultura, que ha traspasado cualquier frontera, erigiéndose como una manifestación musical cuya riqueza y complejidad no tiene equiparación posible.

¿Cómo un estilo tradicional, surgido en las villas agrarias de la Baja Andalucía a finales del siglo XVIII, cuyo principal catalizador es una de las comunidades más marginales de la historia reciente española –el pueblo gitano-, ha conseguido alcanzar el reconocimiento del que goza actualmente a nivel internacional?

La respuesta la encontramos en el propio flamenco, en sus raíces, las cuales recogen influencias de Asia, África, América y Europa. Todos los continentes representados en una cultura. El flamenco sí, es andaluz; pero, como expresión artística, personifica aquello universal.

El flamenco en Cataluña está íntimamente ligado al pueblo gitano catalán, los cuales participaron en la gestación del estilo flamenco desarrollando palos flamencos (o derivaciones de ellos) como el garrotín y la rumba catalana. Entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, Barcelona se vio seducida por este nuevo estilo, estableciéndose como una de las ciudades de referencia del flamenco nacional.

Es precisamente en Barcelona, concretamente en una barraca gitana de la playa del Somorrostro, donde nació -sin certeza oficial de en qué año, se cree que en 1918- Carmen Amaya Amaya, la bailora más universal que ha dado el flamenco. 

De nacer en uno de los contextos más marginales de la capital catalana, Carmen Amaya, de origen gitano y humilde, pasó a triunfar en los escenarios más importantes del panorama nacional e internacional.

“De pronto un brinco. Y la gitanilla bailaba. Lo indescriptible. Alma. Alma pura. El sentimiento hecho carne. El “tablao” vibraba con inaudita brutalidad e increíble precisión. La Capitana (como se conocía a Carmen Amaya) era un producto bruto de la Naturaleza. Como todos los gitanos, ya debía haber nacido bailando. Era la antiescuela, la antiacademia. Todo cuanto sabía ya debía saberlo al nacer.”

Estas palabras de Sebastà Guasch, crítico de arte de la época en Barcelona, resumen a la perfección la impresión que causaba Carmen Amaya en un escenario. Desde sus inicios, revolucionó la forma de concebir el baile flamenco, dotando de más importancia a la fuerza y la libertad artística.

Tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, Carmen Amaya y su séquito se embarcaron hacia América, donde la artista continuó con su carrera triunfal en los teatros de Argentina, México, Cuba, Brasil, entre otros países. Pero fue a su llegada a Estados Unidos cuando su figura alcanzó la categoría de estrella mundial. Allí actuó en el prestigioso Carniege Hall de New York junto al maestro Sabicas, y participó en varias producciones de Hollywood. Conoció, incluso, al presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, quien quedó prendado del arte de Carmen.

Una enfermedad renal mermó los últimos años de vida de Carmen Amaya, quien en 1963, con 50 años de edad, fallecía en la ciudad catalana de Begur, donde pasó sus últimos días.

 

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