Ramón del Valle-Inclán es una de las figuras centrales de la literatura española del siglo XX.

Encuadrado dentro del modernismo y, en sus últimas obras, en la generación del 98, el escritor/dramaturgo/poeta/periodista gallego también sería recordado por un incidente que le marcará para el resto de su vida.

El 24 de julio de 1899 Ramón del Valle-Inclán se encontraba en el Café Nuevo de la Montaña, ubicado en la planta baja del Hotel París, en el centro de Madrid. En un momento dado, el escritor se enzarzó en una discusión en torno a la valía de españoles y portugueses en las disputas. Enfrente suyo, el también escritor y periodista Manuel Bueno Bengoechea

El debate patrio no evolucionó de forma cordial y, finalmente, Manuel Bueno agarró su bastón y le golpeó con él a su adversario. Por su parte, Valle-Inclán se defendió con su brazo izquierdo, con la mala fortuna de que el gemelo de su muñeca se le incrustó y le provocó una profunda herida, la cual gangrenó todo su antebrazo.

Semanas después, el 12 de agosto, el médico y cirujano Manuel Barragán y Bonet optó por amputarle el brazo izquierdo a Valle-Inclán ante la pésima evolución de la herida. El propio médico justificó su decisión por “una factura con herida en los huesos del tercio inferior de la extremidad”.

Existen diferentes relatos en torno a su operación. Uno de ellos resalta la entereza del escritor, que permaneció despierto durante prácticamente toda la amputación, así como los deseos de fumar de Valle-Inclán una vez acabó  la intervención quirúrgica. De hecho, se cuenta que se fumó un habano.

Tras el incidente, la imagen de Ramón del Valle-Inclán con el brazo manco se mitificó, comparando su condición con la de Miguel de Cervantes. Él mismo procuró, haciendo gala de su ironía y altivez, de que la leyenda de la pérdida de su brazo continuase en los cafés de la época, inventándose historias sobre el suceso.

Una de ellas explicaba que en un palacio de Galicia en el que él se encontraba, el sirviente comunicó que no tenía ingredientes para el estofado. Ante tal situación, Valle-Inclán le pidió al sirviente que trajera un cuchillo carnicero y que le cortase el brazo porque “en su casa nunca iba a faltar comida”.

Imaginamos la cara de estupefacción de todos los presentes que escuchasen tal relato en boca de uno de los grandes nombres del siglo XX español.

“Tranquilo, el brazo de escribir es el derecho”, anunció Valle-Inclán a su regreso al Café Nuevo de la Montaña tras su amputación.

Genio y figura.

 

David García

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