Deporte y fascismo han mantenido, históricamente, una relación estrecha. Como fenómeno de masas, el deporte ha sido utilizado constantemente por los regímenes fascistas como elemento de unión social, de poderío racial y de grandeza nacional.

Conocidos son los casos de la Copa Mundial de Fútbol de 1934 celebrado en la Italia de Benito Mussolini, los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 disputados en la Alemania nazi de Adolf Hitler o la Eurocopa de fútbol de 1964 en la España franquista.

Resulta inaudito, por el contrario, no encontrar ninguna referencia explícita entre el deporte portugués y el régimen de António de Oliveira de Salazar: el Estado Novo portugués, la dictadura europea del siglo XX más duradera, concretamente del 1926 al 1974. Salazar, figura principal del Estado Novo, gobernaría de 1932 a 1968. 

Existe un largo debate para determinar hasta qué punto el salazarismo se puede catalogar como fascismo. Tuvo coincidencias con los fascismos europeos: un partido único, la Unión Nacional; una milicia, la Legión Portuguesa; una organización de encuadramiento juvenil, la Mocidade; una visión nacionalista e imperialista de Portugal; anticomunismo y antiliberalismo; culto al líder.

Pero ni los sindicatos nacionales, ni la policía política, ni la intensidad de la represión tienen similitudes con otros regímenes similares europeos, así como el carácter inmutable y socialmente despolitizado del salazarismo, que se opone a la voluntad revolucionaria del fascismo. Al igual que el franquismo, la dictadura de Salazar camina en esa débil frontera entre autoritarismo, militarismo y fascismo que historiográficamente genera controversia.

António Salazar y Francisco Franco

La naturaleza estática del Estado Novo a la que hacíamos referencia se refleja perfectamente en el deporteAntónio Salazar no estaba interesado en el deporte, y, por consiguiente, en el fútbol, deporte predominante en el país luso desde la década de los años 20. Este hecho tampoco es de por sí revelador, pues Francisco Franco tampoco tuvo un interés real en el fútbol. Lo realmente elocuente es que Salazar no utilizara la popularización creciente del fútbol y, más concretamente, los éxitos benfiquistas y de la selección portuguesa -como sí hizo el caudillo español con los triunfos merengues y de la selección española en Europa-.

Si en España existe el sempiterno debate en torno a la relación de Francisco Franco con el Real Madrid, en Portugal existe una polémica similar; esta vez los protagonistas son António Salazar y el Sport Lisboa e Benfica. Al Benfica, auténtico dominador del fútbol portugués en la década de los sesenta y la primera mitad de los setenta, ganador por dos ocasiones de la Copa de Europa (1961, 1962) -así como subcampeón en tres ocasiones también en los sesenta-, se le ha atribuido una supuesta colaboración con el régimen salazarista. Evidentemente, esta acusación ha sido alimentada por sus competidores, el Sporting de Portugal y el FC Oporto.

Un hecho, tan controvertido como crucial, como fue la permanencia de Eusébio durante los años sesenta en el Benfica ha sido uno de los motivos esenciales para justificar la injerencia de António Salazar en favor del club capitalino.

Eusébio da Silva Ferreira, nacido en la colonia portuguesa de Mozambique y uno de los grandes futbolistas del siglo XX, fue el mentor del espléndido Benfica de los años sesenta. Tanto en 1963 como en 1966 recibió ofertas de equipos italianos, y en ambas fechas prolongó su estancia en Lisboa, lo cual ha promovido una corriente de opinión que objeta que António Salazar prohibió al jugador mozambiqueño su salida del país luso.

Eusébio, la Pantera Negra

Otras informaciones de base más demostrativas, en cambio, señalan que la no-salida del jugador se debió a que Eusébio debía realizar, en 1963, los servicios militares, obligatorio en el Estado Novo, mientras que tres años más tarde fue la propia federación italiana la que desestimó el fichaje, argumentando que tras el bochornoso espectáculo de la selección italiana en el Mundial de Inglaterra de 1966 –con derrota por 1-0 ante Corea del Norte incluida-, debían potenciar las canteras del país transalpino. António Salazar, pues, no habría intervenido directamente para que Esuébio permaneciera en el país.

Por otra parte, insistiendo en esta última versión de lo sucedido respecto a Eusébio, el Benfica fue el club que tuvo más dirigentes opositores al Estado Novo, por lo que resultaría sorprendente que Salazar abogara por favorecerlos con la reclusión en sus filas del mejor jugador portugués y uno de los mejores del mundo. En este sentido, cabe recordar que el Benfica fue el único club con un presidente comunista, Manuel da Conceição Afonso, y que, por el contrario, fue el gran rival lisboeta, el Sporting de Portugal, el que tuvo más simpatías entre los dirigentes gubernamentales, probablemente por su origen elitista.

Rescatando de nuevo el Mundial de Inglaterra de 1966, resulta ciertamente llamativo el nulo aprovechamiento mediático del éxito portugués por parte del régimen salazarista.

Selección de Portugal en el Mundial de Inglaterra de 1966

Portugal comparecía por primera vez en su historia a un Mundial con la triunfante base del equipo benfiquista, y, por supuesto, con Eusébio como jugador referencial. El resultado fue la mejor posición que la selección portuguesa ha conseguido jamás en este evento internacional, con un tercer puesto. Como curiosidad cabe destacar que en cuartos de final fueron capaces de remontar un 0-3 contra la sorprendente Corea del Norte, para después en semifinales ser derrotas por la futura campeona, la anfitriona Inglaterra. Eusébio, por otra parte, sería el máximo goleador del campeonato con nueve goles. Pese al sobresaliente papel de la selección portuguesa, el Estado Novo se inclinó por malbaratar la oportunidad de utilizar este éxito para mandar un mensaje de cohesión al exterior, así como a sus propias colonias –recordemos que la selección portuguesa de 1966 era una selección multirracial-.

Observamos, pues, como el modelo autoritario que adoptó António Salazar, con la peculiaridad desmovilizadora que ya hemos apuntado, se alejaba de cualquier intento de utilizar el deporte como herramienta de unión social y de legitimación hacia el exterior, como sí hicieran sus homólogos italiano, alemán y español.

 

 

 

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