Hablar del plano secuencia como algo innovador en pleno 2019, digamos que no es exacto del todo. Se ha experimentado mucho -con resultados muy diferentes- con esta manera de filmar películas, pero no nos engañemos, una cosa es innovadora o rompedora cuando se hace por primera vez.

Ese mérito -el de hacer cosas por primera vez en una cinta de cine- lo tiene casi siempre el gran e inigualable Alfred Hitchcock. El fantástico director comenzó a experimentar con este tipo de planos en 1948 con su aclamada película “La soga” (Rope), basada en una obra teatral “Rope’s end”, que a su vez, estaba inspirada en hechos reales.

Son muchos los hitos que este film alcanzó, el primero de todos fue que para el director inglés, esta fue la primera película en Technicolor. En ella, pudo mostrar sus dotes a la hora de cuidar y de tratar la luz, de esa manera, se completaba la conversión. Un hombre que triunfó con el cine mudo, pasa por el sonoro en blanco y negro, y sigue triunfando con el cine en color, convirtiéndose en leyenda -solo unos pocos directores han recorrido el mismo camino que Hitchcock, uno de ellos el genial John Ford-.

Otro hito destacable es que por primera vez hace referencia a una pareja homosexual. Es evidente que aquella época no gozaba de una mente abierta en la que se pudiera tocar el tema con total normalidad -como se hace hoy en día-. El genio inglés lo hizo, aunque cabe reconocer que sin una profundidad destacable ya que juega con la insinuación para evitar a los haters de aquel tiempo.

Pero lo más destacado de todo, fue que trabajó por primera vez en la historia del cine con plano secuencia. Una manera de explicar una historia que a nivel cinematográfico aún no se había trabajado y Hitchcock lo hizo para aproximarse a la versión teatral.

Cabe destacar que las dificultades fueron varias. La primera de todas fue la misma grabación, debido a la tecnología de la época. Una cámara solo podía registrar unos diez minutos, por lo que el director tuvo que exprimir su ingenio para crear diez cortes en los que no se notara demasiado que debía cambiar de bobina para seguir filmando. El truco consistió en aproximar al máximo la cámara a superficies planas y oscuras para cubrir toda la pantalla, asi no se “notaba” el tijeretazo.

Otro de los retos a los que se enfrentaba Hichcock fueron a las monstruosas máquinas de grabar de aquella época, y ya no solo por la poca capacidad de bobina que tuvieran, sino por lo pesadas que eran.  Esto provocaba que fuera el escenario el que se debía mover y no las cámaras. Ya no es solo la precisión de la coreografía de los actores sino la de todo el equipo, que movía con poleas e ingentes cantidades vaselina todo el decorado.

Resaltar que el trabajo de la luz es tan impresionante y tan minucioso que  como muestra, el ventanal -casi protagonista del film- muetra como anochece en Manhattan, y eso solo lo hace con las luces que disponía y un ciclorama con la ciudad de Nueva York de fondo.

Una de las mejores obras de Hitchcock, ya no solo por la historia y la maestría de mantener el suspense, sino conceptualmente. No había límite. Todo lo que imaginaba, lo hacía realidad.

Anuncios
Share this...
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn