No sé si pasa en el resto de las ciudades teatrales del mundo, pero en Barcelona (lugar donde se edita este digital cultural) hace unos años se pusieron de moda los montajes que duran más de tres horas. Al principio no me molestaba, pero al ver que todas las grandes producciones se decantaban por una duración extensa y debido al aburrimiento que me provocaban como espectador, acabé cogiendo manía a todo lo que durase tanto. Ni teatro ni películas.

Por suerte, un día, en el canal Sudance TV emitían la maravillosa película “Once Upon A Time In America” de Sergio Leone. Un film de casi cuatro horas. Cabe decir que la producción fue elefantiásica, un proyecto personal del cineasta, que soñaba con adaptar la novela ‘The Hoods’ de Harry Grey.

No fue fácil; tardó casi diez años en prepararla. Cuando se anunció el inicio del rodaje en 1977, Gerard Depardieu y Richard Dreyfuss eran los dueños de los roles protagonistas. La cosa no acabó bien, ya que el entonces productor tuvo que centrarse en otra película y en otro director italiano, Federico Fellini y su Casanova. No sería la última vez que con esta película Leone estaría bajo la sombra de otro director de su país.

No fue hasta el 1982 cuando se pudo comenzar a rodar el film con un imponente Robert De Niro como protagonista y con un secundario de lujo como James Woods. Hay muchos motivos por los que se debe destacar esta magnífica obra del séptimo arte, y uno de ellos es la interpretación de De Niro, que sabe construir un personaje complejo desde la serenidad y la sencillez. Ver a un actor y pensar que “eso lo podría hacer yo” es una de las cosas más complicadas y más difíciles que se pueden hacer hoy día.

Es una película realmente larga, aunque Leone tenía un montaje inicial de seis horas que no consiguió colocar en ninguna distribuidora. Su idea era estrenarla en dos partes de tres horas cada una, pero el exceso de metraje para algunos productores era signo de fracaso en taquilla. En realidad, las empresas tenían miedo de que se volviera a producir el mismo efecto que se había producido recientemente con Novecento – una película de otro director italiano, Bernardo Bertalucci – en la que el fracaso de ventas fue un desastre para los productores.

El metraje se divide en tres espacios. El primero, la infancia de los protagonistas, relata cómo se crea una banda de niños y adolescentes a principios del siglo XX en la Nueva York que cada día se hace más y más grande, y que tiene que absorber todas las culturas que en ese momento se están asentando en la ciudad norteamericana. El segundo trata de la maduración de unos personajes que se ven poderosos y que ascienden rápido en el mundo de los gángsters -así se llamó inicialmente en España-. Y, finalmente, la redención, la etapa donde se deja de madurar, básicamente, porque ya estás maduro y las reflexiones de la vida gozan de una perspectiva que ayuda a entender tus acciones anteriores.

Otro de los componentes más determinantes en la obra de Leone es la música de un Ennio  Morricone en estado de gracia. Os dejo el link de esta banda sonora que me parece una de las maravillas que el veterano músico ha dejado como herencia a todos los cinéfilos ávidos siempre de más, y tristes porque ya no va a componer más.

En definitiva, en el film se explica un cuento, una historia con una finura y una riqueza que cuestan de conseguir y de encontrar. Son de aquellas películas que te quedas enganchado sin saber el porqué exacto, piensas “si no pasa nada” pero allí sigues sentado delante del televisor, admirando una de las joyas que nos ha regalado el gran Sergio Leone, un último film que ayuda a entender que ha significado este director italiano para el celuloide.

Así pues, es posible que a veces uno se canse de ver cosas que son extremadamente largas. Y otras, uno se maravilla de comprobar el talento en estado puro durante horas y horas.

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